La arquitectura del vino en Argentina dio un salto cuando el estudio Bórmida & Yanzón empezó a diseñar bodegas que no solo producen, sino que se recorren como experiencias sensoriales. En lugares como Bodega Salentein o Bodega O. Fournier, el visitante no entra a un edificio: atraviesa una narrativa. El resultado son espacios monumentales, premiados a nivel mundial, donde el vino, el arte y el paisaje se funden en una misma experiencia.
Una nueva forma de entender la bodega
Antes de la irrupción de este estudio, la mayoría de las bodegas eran funcionales: espacios pensados casi exclusivamente para producir. Bórmida & Yanzón cambiaron esa lógica, al concebir cada proyecto como una obra integral.
Sus diseños no se imponen al entorno, sino que dialogan con él. La cordillera, la luz de Mendoza y la inmensidad del paisaje se integran al recorrido, generando una experiencia que comienza incluso antes de entrar al edificio.
Bodega Salentein: espiritualidad y simetría
En Salentein, la arquitectura se inspira en formas casi religiosas. La planta en cruz organiza todo el espacio y guía al visitante hacia el centro, donde se encuentra el corazón productivo de la bodega.
A medida que se avanza, la luz se vuelve más tenue, el sonido se apaga y la temperatura desciende. Todo está pensado para generar una sensación de recogimiento, como si se tratara de un templo.
La experiencia no es casual: busca que el visitante perciba el vino como algo más que una bebida, casi como un ritual.
Bodega O. Fournier: modernidad y dramatismo visual
Si Salentein remite a lo espiritual, O. Fournier apuesta por una estética contemporánea y disruptiva. Su estructura impacta desde lejos, con una cubierta monumental que parece flotar sobre el paisaje.
El recorrido está diseñado en distintos niveles, permitiendo observar el proceso desde arriba, mientras la cava subterránea sorprende con juegos de luz que transforman el espacio.
La arquitectura acompaña el proceso del vino por gravedad, pero también construye una experiencia visual intensa y memorable.
Por qué se las llama “catedrales del vino”
El término no es exagerado. Estas bodegas comparten características que remiten directamente a la arquitectura religiosa: escala monumental, uso dramático de la luz, recorridos secuenciales y atmósferas de silencio y contemplación.
Cada detalle responde a una intención. Así, la visita se transforma en una experiencia casi introspectiva, donde el vino es el eje pero no el único protagonista.
Recorridos privados: el lujo de experimentar el vino de otra manera
Hoy, muchas de estas bodegas ofrecen visitas privadas que elevan aún más la propuesta. No se trata solo de degustar, sino de vivir el espacio con tiempo, en silencio y con guías especializados.
Algunas experiencias incluyen acceso a cavas restringidas, degustaciones exclusivas y recorridos personalizados. Es un tipo de turismo pensado para quienes buscan una conexión más profunda entre vino, arquitectura y paisaje.
El legado de una arquitectura que redefine el enoturismo
Bórmida & Yanzón lograron posicionar a Mendoza no solo como un destino de grandes vinos, sino también como un referente mundial en arquitectura aplicada al vino.
Sus obras demuestran que una bodega puede ser mucho más que un lugar de producción: puede convertirse en un ícono cultural, una experiencia sensorial completa y un motivo de viaje en sí mismo.
